jueves, 15 de mayo de 2014




*Parte 1





Tantalidas

Pílades ha desenvainado la espada para matar al odiado Egisto. Electra coge un taburete para matarlo con él. A la izquierda, una criada huye, mientras un guarda lo mira indiferente. A la derecha, Orestes mata a su madre, mientras la vieja nodriza trata de impedir el matricidio. (Relieve, Palazzo Circi, Roma)






^La estirpe de Agamenón


Troya había caído. Rumbo a la patria la flota de los helenos, destruida en su mitad por la tormenta, había logrado concentrar sus restos, que, por una mar ya tranquila, hacían rumbo cada uno hacia su patria respectiva. Agamenón, cuyas naves, protegi­das por la diosa Hera, no habían sufrido daño alguno, navegaba decidido hacia la costa del Peloponeso. Ya se acercaba a la escar­pada punta del cabo Malea, en Laconia, cuando volvió a acome­terlo un nuevo y furioso huracán, que lo lanzó otra vez a alta mar con todas sus embarcaciones. Suspirando y con las manos levantadas al cielo, rogaba a los dioses que no permitieran su ruina y la de sus valientes compañeros, después de tantas cala­midades sufridas por voluntad de los inmortales, cuando ya se hallaban a la vista de la patria. Ignoraba que esta vez la tempes­tad era amiga y que los dioses se la enviaban como advertencia; pues mejor le hubiera valido verse arrastrado a la más remota costa extranjera y terminar su vida en el desierto, que volver a poner su planta en el palacio real de Micenas.

Sobre la raza de Agamenón pesaba una maldición. Desde su antecesor Tántalo, siempre había vivido en medio de horrores y atrocidades; la brutal violencia había derribado a unos de sus miembros y encumbrado a otros; un crimen monstruoso cometido en el propio hogar debía también señalar el término de la vida de Agamenón. Su tatarabuelo Tántalo había servido a los dioses, un día que les invitó a su mesa, los miembros de su hijo Pélope. y sólo un milagro había vuelto a la vida a este primogénito de la familia. Pélope, hombre por lo demás irreprochable, había dado muerte a su bienhechor Mirtilo, hijo de Hermes, contribu­yendo con su crimen a agravar la maldición que ya pesaba sobre la casa. Mirtilo, caballerizo del rey Enómao —cuya hija Hipodamía debía conquistar Pélope con su victoria en las carreras de carros—, dejóse inducir a quitar del carro de su señor los clavos de hierro y reemplazarlos por otros de cera. Gracias a esta es­tratagema, el carro de Enómao se rompió, y Pélope, al obtener la victoria, ganó a la doncella. Pero al reclamarle Mirtilo la recompensa prometida, Pélope, para eliminar al único testigo de su superchería, lo arrojó al mar. En vano trató luego de hacerse perdonar este crimen por el irritado dios Hermes erigiendo al hijo un monumento funerario y al padre un templo; él y su des­cendencia quedaban destinados a ser víctimas de la venganza del dios.

La maldición siguió operando sobre los hijos de Pélope, Atrco y Tiestes. Atreo fue rey de Micenas, Tiestes lo fue de la parte sur de la Argólida. El hermano mayor poseía un carnero cuya lana era de oro, y Tiestes, el menor, lo codiciaba. Incitó a la esposa de su hermano, Aérope, a faltar a su marido, y recibió de ella el áureo cordero. Al enterarse Atreo del doble crimen de su hermano, no se dejó detener por ninguna consideración y pro­cedió como lo hiciera su abuelo: apoderándose secretamente de los dos tiernos hijos de Tiestes, Tántalo y Plístenes, los degolló y guisó, sirviendo el horrible plato a su padre, así como la san­gre, que le dio a beber mezclada con vino. Helios, que había sido testigo de aquel bárbaro crimen, experimentó un horror tan grande, que hizo dar marcha atrás a su carro. Al fin, Tiestes pudo escapar de su terrible hermano y se marchó a Epiro, a la casa del rey Tesproto.

El país de Atreo se vio azotado por la sequía y el hambre, y el Rey. ai consultar el oráculo, recibió por respuesta que la plaga cesaría en cuanto él hubiese restituido a la corte a su hermano desterrado. En consecuencia, el propio Atreo se puso en camino, dirigiéndose al lugar donde se había refugiado Tiestes, y con él y con un hijo suyo llamado Egisto regresó a su patria natal. También ese Egisto era hijo del crimen y había venido al mundo en el asilo de su progenitor. Pero había jurado vengar a su padre sobre Atreo y sus descendientes, y lo primero lo realizó a poco de haber regresado los hermanos a Micenas, donde su amistad había sido de breve duración, pues Atreo encerró a Tiestes en un calabozo. Allí Egisto asesinó a su tío a traición, para lo cual, simulando estar indignado por las circunstancias de su naci­miento, ofrecióse a dar muerte a su propio padre. Admitido en la mazmorra, concertó con Tiestes la venganza. Al efecto mostró a Atreo una espada ensangrentada, y cuando éste, contento por la supuesta muerte de su hermano, celebraba en la orilla del mar un sacrificio en acción de gracias, Egisto lo traspasó con aquella misma espada. Tiestes, libertado de su prisión, apoderóse del trono de su hermano, aunque por breve tiempo, puesto que el hijo mayor de Atreo, Agamenón, lo depuso y vengó en él el ase­sinato de su padre. A Egisto no le alcanzó el castigo; los dioses le reservaban para anatema de la raza y siguió reinando en las antiguas posesiones de su padre al sur del país.

Partido Agamenón para la campaña de Troya, y hallándose su esposa Clitemnestra en el palacio sumida en profundo dolor ma­ternal por el sacrificio de su hija Ifigenia, Egisto creyó llegado el momento oportuno para vengarse del Atrida. Presentóse en cí palacio de Micenas, y Clitemnestra, ávida también de castigar el inhumano proceder de su marido, tras larga resistencia cedió a la seducción del malvado, compartiendo con él, como segundo esposo, el lecho y el trono de Agamenón. Vivían a la sazón en palacio tres hijos del marido legítimo, y hermanos, por tanto, de Ingenia: la doncella Electra, que lo seguía en edad, mucha­cha de gran inteligencia; otra menor, Crisótemis, y un niño, Orestes. Ante ellos, Egisto se posesionó de la mujer y el palacio de su padre. Cuando se aproximaba ya el término de la cam­paña de Troya, la pareja culpable se preocupaba únicamente de no.dejarse sorprender, sin estar preparada, por el regreso de Aga­menón al frente de sus huestes. Hacía ya varios años que en las almenas del palacio se hallaba apostado un vigía a quien una fogata encendida durante la noche en la punta extrema de la costa debía comunicar la caída de Troya y la próxima llegada del Rey. Una vez conocida la noticia no faltarían medios de preparar al rey Agamenón un espléndido recibimiento y atraerle a una trampa antes de que pudiese darse cuenta del verdadero estado de las cosas en su patria.

Al fin brilló una noche la hoguera, y el vigilante, bajando pre­cipitadamente de las almenas, corrió a comunicar a su señora la presencia de la esperada señal. Impacientes aguardaron la llegada de la mañana Clitemnestra y su amante, y el sol llevaba aún poco tiempo en el cielo cuando un heraldo, enviado por el Monarca, franqueaba las puertas del palacio, la cabeza sombreada por ramas de olivo. Salió a recibirlo la Reina con fingida afabili­dad, si bien cuidó bien de que el mensajero no pudiese moverse con libertad por la casa del Rey. Al disponerse el heraldo a exte­riorizar su alegría con un detallado relato de la lograda victoria, la Reina lo interrumpió bruscamente diciéndole:

—¡No te esfuerces! Prefiero escuchar todo esto de boca de mi real esposo. Vuelve a él inmediatamente y espolea su llegada. Dile con qué afán lo esperamos yo y la ciudad, y que yo misma acu­diré a recibirle, no sólo como a respetado y querido esposo, sino también como al ilustre conquistador de una famosa ciudad.


^Muerte de Agamenón


Cuando la tempestad alejó al rey Agamenón del cabo Malea, empujólo el viento, con toda la flota, hacia la costa sur del país, donde en otro tiempo había reinado su tío Tiestes y donde entonces tenía su sede real Egisto. Anclando en una bahía resguardada, decidió aguardar allí un tiempo propicio. Unos explorado­res que envió volvieron con la noticia de que el rey del país, Egisto, vivía en buenas relaciones de vecindad con su esposa Clitemnestra desde su regreso de Áulide; más aún, que desde ha­cía ya bastante tiempo la Reina lo había llamado a Micenas, donde residía administrando el reino de Agamenón en nombre de su Soberana. Al príncipe causáronle gran satisfacción estas nuevas, en las cuales nada vio de sospechoso, y dio gracias a los dioses por haber extinguido en su familia el antiguo espíritu vengativo. Él, que, cediendo a la necesidad, había vertido ante Troya tanta sangre griega y troyana, tampoco sentía ya sed de venganza y no pensaba en castigar al asesino de su padre que, por otra parte, no había hecho sino tomarse la justicia por su mano. Tam­bién creía que el largo tiempo transcurrido habría calmado el corazón de su esposa, y así, animado con tan risueñas esperanzas, levó el ancla en cuanto se hubo levantado un viento favorable y, sin más contratiempos, llegó sano y salvo con sus soldados al puerto de su tierra natal.

En cuanto hubo desembarcado y ofrecido, en la misma playa, un sacrificio a los dioses en acción de gracias por su salvación y feliz viaje, se dirigió con su tropa a la ciudad precedido del heraldo. En las puertas de Micenas fue recibido por todo el pueblo y, a la cabeza de éste, por su primo Egisto, considerado en todo el país como el regente del reino. Luego se presentó Cli­temnestra, rodeada de las damas de palacio y de sus hijos, estrechamente vigilados. Como suele hacerse cuando la alegría es simulada, la Reina recibió a su marido con todas las imaginables muestras de respeto y exagerada reverencia, postrándose a sus pies y deshaciéndose en alabanzas y felicitaciones. Agamenón corrió gozoso a ella y, levantándola del suelo, le dijo:

—¿En qué estás pensando, hija de Leda, al postrarte en el polvo y recibirme como una esclava recibe al señor extranjero? ¿Y para qué estas alfombras tan primorosamente bordadas que habéis extendido a mi paso? Así se acoge a los dioses inmortales, no a débiles y mortales humanos, ¡Hónrame de modo que no me envidien los Olímpicos!

Después de saludar así a la esposa, y abrazar y besar a sus hijos, volviéndose hacia Egisto, que se mantenía a un lado con los principales de la ciudad, estrechóle fraternalmente la mano y le dio las gracias por su escrupulosa administración del país. Luego, desatándose las correas de las sandalias, recorrió des­calzo el alfombrado camino que conducía a palacio a través de toda la ciudad. En su séquito iba también Casandra, la profetisa hija de Príamo, que en el reparto del botín había sido adjudicada al generalísimo después de haberla éste librado de las manos brutales del lócrida Ayax. Venía sentada en un carro cargado con el botín, gacha la cabeza y los ojos fijos en el suelo. Al ver Clitemnestra la noble figura de la doncella, experimentó un sentimiento de celos, sentimiento al que en verdad no tenía ningún derecho; pero la sobrecogió el espanto cuando oyó el nombre de la cautiva y supo que iba a albergar en su casa, profanada por el adulterio, a una adivina sacerdotisa de Palas. Por eso creyó que su mayor peligro estaba en seguir demorando por más tiempo su infame proyecto, y en un instante tomó la pérfida resolución de destruir a la vez a su marido y a la donceüa forastera. Sin embargo, cuidó bien de no dejar traslucir nada de sus propó­sitos a la adivina, y cuando toda la comitiva hubo llegado ante el palacio real de Micenas, ella, acercándose al carro, dijo cariñosamente a la cautiva:

—¡Apéate, dolorida joven, y reprime tu pena! Piensa que el propio Hércules, el invencible hijo de Alcmena, hubo de bajar la cabeza bajo el yugo de una soberana extranjera. Cuando el Destino somete a uno a esta prueba, puede éste considerarse feliz al dar con un señor de rancia opulencia, pues aquel que ha lo­grado la riqueza en poco tiempo y de manera imprevista, suele tratar con dureza e insolencia a sus esclavos.

Casandra no cambió de actitud a aquellas palabras; largo tiempo continuó inmóvil en el asiento del carro, y las criadas hubieron de obligarla a apearse. Finalmente, saltó de su asiento como un animal asustado; su corazón sabía todo lo que le aguar­daba; tenía la certeza de que el Destino era inapelable, y en el supuesto de que hubiese podido cambiar su suerte, no habría querido sustraer a la diosa de la venganza al enemigo de su pueblo, si bien no sentía repugnancia a morir con él considerando que, después de todo, había sido su salvador.

En palacio se engañó al príncipe Agamenón y a cuantos con él habían llegado, con los preparativos de un magnífico banquete. El proyecto era hacer asesinar, en el curso de la comida, al Rey por los esbirros asalariados de Egisto, como se inmola al toro en el pesebre; pero la presencia de la adivina decidió a la Reina y a su amante a prescindir de esa emboscada y a precipitar y simplificar la obra.

Agamenón, fatigado del viaje y lleno de polvo del camino, pidió un baño reparador, y le contestó Clitemnestra con amorosa solicitud que ya había previsto aquella demanda y que estaba preparado un baño caliente. Entró el Rey confiado en el cuarto de baño de palacio y, tras quitarse la coraza y las ropas, y dejan­do las armas a un lado, entró desnudo e indefenso en la bañera. Saliendo entonces de su escondite Clitemnestra y Egisto, echáronle sobre su cuerpo una tupida red, y a continuación lo cosieron a puñaladas. Sus llamadas de socorro no llegaron a las estancias superiores del palacio desde los sótanos donde se encontraban los baños. Inmediatamente fue asesinada también Casandra, que, errando por los oscuros vestíbulos de la casa, había presenciado el crimen y lo pregonaba con enigmáticas palabras.

Cometido el doble crimen, los asesinos, confiados en sus adic­tos, no quisieron ya ocultarlo. Los dos cadáveres fueron expues­tos en el palacio, y Clitemnestra, convocando a los notables de la ciudad, les dijo sin recato:

—¡Amigos, no me toméis a mal la disimulación que he obser­vado ! No podía pagar en otra moneda al enemigo mortal de mi casa, al verdugo de mi hija. Sí, le he tendido una red, lo he cap­turado como a un pez; invocando al subterráneo Plutón, con tres puñaladas he vengado a mi hija. Es Agamenón, mi marido, muer­to por mi propia mano, no lo niego. Bien se atrevió él a sacrificar a su propia hija, mi hija más querida, como si se tratase de in­molar una res, para aquietar con mi dolor de madre los vientos de Tracia. ¿Merecería acaso vivir un criminal semejante? ¿Mere­cía reinar sobre una tierra tan hermosa y tan piadosa? ¿No es más justo que os gobierne Egisto, que no tiene ningún parricidio sobre su conciencia y que no ha hecho sino vengar a los enemi­gos seculares de su padre en las personas de Atreo y del Atrida? Sí, es justo que le ofrezca mi mano, que comparta con él el pala­cio y el trono, él, que me ha ayudado a realizar la obra que cumplía al lastimado amor de madre, la obra de justicia. Él es el escudo de mi osadía; mientras él y sus adictos me protejan, nadie se atreverá a pedirme cuentas de mi acción. En cuanto a esa esclava (y al decir estas palabras señalaba el cadáver de Casandra), era amante del traidor; ha sufrido el castigo que me­rece el adulterio, y será arrojada a los perros para que la des­trocen.

Ante este discurso, los notables de la ciudad se quedaron mu­dos. No había que pensar en acudir a la violencia, pues los hombres de Egisto, armados, rodeaban el palacio, sonaba el ruido de los pertrechos militares, y se oían ruidos amenazadores. Los soldados de Agamenón, de los que sólo un pequeño número había vuelto de la mortífera guerra de Troya, se hallaban dispersos por la ciudad, desprovistos de armas. El salvaje séquito de Egisto recorría las calles de Micenas reprimiendo a todo aquel que se manifestaba en contra del horrible asesinato de su Soberano.

Los criminales se preocuparon en seguida de afianzar su poder, a cuyo efecto repartieron entre sus más adictos partidarios los cargos honoríficos y militares. A las hijas de Agamenón des­preciáronlas como mujeres inofensivas, pero demasiado tarde se les ocurrió que en el joven Orestes, el menor de los hijos de Agamenón y Clitemnestra, crecía el vengador de su padre. A pesar de que sólo contaba doce años, le habrían dado muerte sin reparo para librarse de todo temor de castigo, pero su jui­ciosa hermana Electra, más discreta que los asesinos, se había preocupado del niño inmediatamente después del crimen, entre­gándolo en secreto al esclavo a quien confiaba su custodia. Éste, llevándolo a Fánote, en tierras de Fócida, lo entregó a su vez, como prenda sagrada, al rey Estrofio, amigo y esposo de la her­mana de Agamenón, el cual se constituyó en su segundo padre, y lo educó con su hijo Pílades.


^Agamenón es vengado


Entretanto, Electra, en el palacio del padre asesinado, llevaba una existencia tristísima; sólo la consolaba de su penosa suerte la esperanza de que algún día vería a su hermano, hecho ya hom­bre, entrar en la paterna mansión como vengador. Su madre le mostraba la mayor hostilidad; en su propia casa veíase la don­cella forzada a convivir con los verdugos de su padre, sometida a ellos en todo; de ellos dependía el que recibiera para su sus­tento lo más mísero y estrictamente necesario. Veía a Egisto sentado en el trono de Agamenón, con toda la pompa de un rey, vestido de los más bellos ropajes que había en las cámaras del palacio, y ofreciendo libaciones a los dioses protectores del hogar en el mismo sitio donde había asesinado a su tío carnal. Debía ser testigo de la intimidad con que su desenvuelta madre trataba al infame, pues ella aprobaba con una sonrisa todos los desafue­ros que él cometía. Todos los años disponía fiestas y bailes el día en que se cumplía el aniversario del alevoso asesinato del esposo, y, encima, ofrecía todos los meses sacrificios cruentos a las divinidades salvadoras. Ante aquellos repugnantes espectácu­los, la doncella se consumía en su dolor íntimo, pues ni siquiera le estaba permitido llorar, a pesar de tener henchido el corazón de lágrimas. «¿De qué lloras, maldita de los dioses? —gritábale airada su madre si alguna vez la encontraba anegada en lágrimas—, ¿acaso eres tú sola a quien se le ha muerto el padre? ¿Eres la única mortal que tiene alguien a quien lamentar? ¡Mué­rete, pues, consumida vergonzosamente por tu estúpido dolor!». A veces su mala conciencia se alarmaba ante un falso rumor, como si Orestes volviese del extranjero; entonces era cuando se mostraba más dura con su desgraciada hija: «¿No sería culpa tuya si viniese? —le gritaba—. ¿No fuiste tú quien lo arrebató de mis manos y lo mandaste secretamente fuera del país? Pero no tendrás ocasión de gozar de tu tropelía; la recompensa que te mereces te llegará antes *de lo que piensas». El abyecto marido apoyaba a su mujer en estas escenas, y huyendo de los imprope­rios de los dos, corría Electra a esconderse en los recintos más oscuros de la casa.


De este modo transcurrieron años, durante los cuales la muchacha estuvo aguardando incesantemente la aparición de su hermano Orestes, el cual, al escapar, pese a ser todavía un niño, había prometido a su hermana que volvería a su debido tiempo, en cuanto el vigor viril animara su brazo. Sin embargo, el mu­chacho, crecido ya, no acababa de decidirse nunca, y las esperanzas, próximas y remotas, se iban extinguiendo en el corazón de la dolorida doncella.

La fiel hija de Agamenón no hallaba ningún apoyo para sus proyectos ni tampoco gran consuelo en su hermana menor, Crisótemis, la cual, aunque había traspasado ya los umbrales de la infancia desde hacía mucho tiempo, no poseía, sin embargo, el animoso espíritu de Electra, no por insensibilidad, sino por la debilidad propia del corazón femenino. Crisótemis obedecía a su madre y no se resistía a sus mandatos con la terquedad de Electra. Así, ocurrió un día que la muchacha, llevando instru­mentos para los sacrificios y ofrendas funerarias que le encargara su madre, cruzóse en la puerta del palacio con su hermana. Reprendióla ésta por su obediencia, diciéndole que era vergon­zoso que la hija de un hombre como su padre se hubiese olvidado de él, y, en cambio, se aviniera a someterse a su desalmada madre.

—Entonces —replicóle Crisótemis—, ¿nunca aprenderás, a pesar del largo tiempo transcurrido, a desprenderte de tu impo­tente rencor? Créeme, a mí también me duele lo que veo, y sólo por necesidad me conformo. El cuanto a ti, se lo he oído a e§a mala gente, si no terminas con tus quejas, van a echarte en un profundo calabozo lejos de aquí, donde nunca más vas a ver la luz del sol. Piénsalo y no me des luego las culpas si un día te ocurre esta desgracia.

¡Que lo hagan! —replicó Electra con frialdad y orgullo—, donde mejor estoy es muy lejos de vosotros. Pero, ¿a quién llevas esta ofrenda, hermana?

—La madre la destina a nuestro padre muerto.

¡Cómo! ¿Al que asesinó? —exclamó Electra con asom­bro—. Habla, ¿qué la ha inducido a semejante cosa?

—Una pesadilla que tuvo anoche —respondió la muchacha—; parece que vio en sueños a nuestro padre que, cogiendo el cetro que empuñaba en vida, y que ahora empuña Egisto, lo plantaba en tierra. Inmediatamente brotó de él un árbol con ramas y fron­dosas ramillas que esparcían su sombra sobre toda la ciudad de Micenas. Asustada por esa visión, me ha mandado, aprovechando la ausencia de Egisto, que aplaque con estas ofrendas el espíritu de nuestro padre.

—Querida hermana —respondió Electra adoptando de pronto un tono suplicante—, no permitas que la ofrenda de esta mujer impía toque la tumba de nuestro padre. Échalo todo al viento, entiérralo bien profundamente en la arena, de manera que ni una partícula pueda llegar al lugar donde nuestro padre reposa. ¿Crees acaso que el muerto, en su sepultura, aceptará con gusto un sacrificio propiciatorio de la que lo asesinó? Mejor será que tires todo eso, que nos cortemos unos bucles de cabello tú y yo y se los lleves, humildes como son, junto con mi ceñidor, lo único que me queda; éste será el sacrificio que acogerá con agrado. Y luego te arrodillas y le ruegas que se levante del seno de la tierra para venir a protegernos contra nuestros enemigos; que haga que pronto resuene la pisada de nuestro hermano Orestes viniendo a destruir a los que lo mataron. ¡ Entonces será cuando llevaremos a su tumba magníficos presentes!

Crisótemis, impresionada por las palabras de su hermana, prometió obedecerle, y salió corriendo con la ofrenda de su madre.

Poco se había alejado cuando Clitemnestra, saliendo de las salas del palacio, se puso, como de costumbre, a injuriar a su hija mayor:

—Por lo visto, hoy te has propasado otra vez, Electra, aprove­chándote de que Egisto está ausente, el único que te contiene. ¿No te da vergüenza andar por aquí, delante de la puerta, hablando mal de mí con las muchachas que entran y salen, conducta tan impropia de una doncella recatada y que tanto perjudica al buen nombre de los tuyos? ¿Siempre seguirás tomando a tu padre, que murió a mis manos, como pretexto para tus inculpaciones? Bueno, no niego que lo hice, pero no fui yo sola; la diosa de la Justicia estaba conmigo, y también tú te pondrías de su parte si fueses razonable. ¿No se atrevió tu padre, a quien eres tú la única de toda la ciudad en llorarlo incesantemente, a sacri­ficar a tu hermana en beneficio propio y de Menelao? ¿Acaso un padre como él tiene dignidad y corazón? Si la muerta pudiese hablar, seguramente me daría la razón. Pero que seas tú, insen­sata, la que me censure, me da igual.

¡Escúchame! —replicó Electra—. Confiesas el asesinato de mi padre; ya es esto ignominia bastante, haya sido el crimen justificado o no. Pero, ¿lo mataste tal vez por motivos de justicia? Te indujo a hacerlo la adulación del miserable que ahora te posee. Mi padre realizó aquel sacrificio, no para sí ni para Menelao, sino para el ejército. Hízolo contra su voluntad, a la fuerza, por amor a su pueblo. Y aun suponiendo que lo hubiese hecho para él o para su hermano, ¿era esto una razón para que hubiese de morir por tu mano? ¿Debías tomar por esposo a tu cómplice y añadir así al crimen más horrendo la acción más afrentosa? ¿O también consideras esto como represalia por el sacrificio de tu hija?

¡Oh ralea impúdica! —replicó Clitemnestra en el colmo de la ira—. Por la diosa Artemis te lo juro; me pagarás esta afrenta en cuanto llegue Egisto. ¿Querrás callarte y dejar que ofrezca tranquilamente el sacrificio?

Y Clitemnestra, alejándose de su hija, dirigióse al altar de Apolo, erigido, como en todas las casas griegas, delante del palacio, para que protegiese la morada y la calle. La ofrenda iba destinada a aplacar al dios de las profecías, con motivo de la visión que, como terrible pesadilla, se le había aparecido la última no­che. Hubiérase dicho que el dios la escuchaba, pues apenas había terminado el sacrificio presentóse a las doncellas de su séquito un extranjero que preguntó por la morada del rey Egisto. Habién­dole indicado ellas a la Princesa, el hombre se le acercó e, hin­cando la rodilla en tierra, díjole:

¡Salve, oh Reina!, vengo de parte de un amigo tuyo con gratas nuevas para ti y para Egisto. Me envía el rey Estrofio, de Fánote: Orestes ha muerto. Tal es mi mensaje.

¡Ay, mísera de mí! Hoy me muero— exclamó Electra des­plomándose en las gradas del palacio.

—¿Qué has dicho, amigo? —preguntó ávidamente Clitemnestra, abandonando el altar de un salto—. ¿Qué dices, qué dices, extranjero? No hagas caso de ésa.

—Tu hijo Orestes —comenzó el forastero—, impulsado por el afán de gloria, había acudido a los juegos sagrados de Delfos. Cuando el heraldo anunció el comienzo de la competición, pre­sentóse él en seguida, un apuesto mancebo que causó la general admiración. Apenas los espectadores habían podido darse cuenta de que salía cuando, semejante al viento o al rayo, estaba ya en la meta y se llevaba el premio de la victoria. Sí, tantas veces como el arbitro hizo proclamar al vencedor por el heraldo, otras tantas, y ellas fueron cinco, resonó el nombre de Orestes, el hijo de Agamenón, generalísimo de los ejércitos que combatieron ante Troya. Así sucedió el primer día; pero cuando algún dios medita daños, no puede evitarlos ni el más poderoso. Pues cuando, al día siguiente, al alba, comenzó el certamen de carros, también él estaba allí entre otros muchos aurigas. Con él habían compare­cido en la palestra un aqueo, un espartano y dos afamados con­ductores de Libia. Orestes era el quinto, con caballos de Tesalia; venía luego un etolio, con una cuadriga de corceles leonados; el séptimo era corredor de Magnesia; el octavo, uno de Enia, con hermosos caballos blancos, tracios ambos; un noveno procedía de Atenas, y, en último término, venía un beocio. Los jueces de campo echaron suertes, los carros se colocaron en orden, las trompetas dieron la señal, y todos se lanzaron al campo agitando las riendas y excitando los caballos. Resonaba el bronce de los carros, volaba el polvo y ninguno ahorraba el látigo. Detrás de cada carro resoplaban ya los corceles del siguiente. Cada vez que Orestes pasaba junto a la última meta, la rozaba con el cubo de la rueda y, soltando al caballo de la derecha, mantenía firme el izquierdo con la rienda. Al principio, todos los carros pasaron bien, hasta que los corceles del eniano, desbocados, al coger el viraje —cuando pasaba de la sexta a la séptima vuelta— trope­zaron con el carro de uno de los libios. Volcaron todos, y toda la pista se llenó de destrozos. Sólo el diestro ateniense supo ladearse y, sosteniéndose, salvó el escollo. Orestes llegaba en último lugar, y, al ver que sólo quedaba el ateniense, chasqueando el látigo en las orejas de sus animales, llegó a la meta al mismo tiempo que aquél. Entonces la competición fue entre ellos dos solos. Hasta aquel momento había efectuado todas las vueltas con seguridad y prudencia, pero ahora soltó la rienda izquierda y, al girar el caballo, sin darse cuenta, topó con la meta. Estrellóse el cubo, y el desgraciado, resbalando del asiento, se enredó con las riendas. Al caer al suelo, los caballos continuaron su loca carrera a lo largo de la pista; los espectadores gritaban, y el hermoso joven tan pronto era visto arrastrado por el suelo como levantando las piernas al cielo. Al fin, los demás aurigas detu­vieron con gran trabajo su tronco y libraron a la víctima, de tal modo ensangrentada, que sus propios amigos no reconocían el cuerpo. El cadáver fue inmediatamente incinerado en una pira, y ahora nosotros, que somos de Fócida, traemos en una urna de bronce las cenizas de aquel gran héroe para que su patria les conceda sepultura.

Calló el emisario, y Clitemnestra sintió que en su alma lucha­ban dos sentimientos contrapuestos: por una parte, debía ale­grarse de la muerte de aquel hijo a quien temía; pero, por otra, su sangre de madre se rebelaba poderosamente en su ser, y un dolor irresistible aminoraba en ella el sentimiento de descanso, al que creía poder entregarse ante aquella noticia. Electra, en cambio, estaba dominada por una sola impresión: la de una pena infinita, a la que dio expresión rompiendo a sollozar amar­gamente.

—¿Adonde he de ir ahora? —exclamó cuando Clitemnestra hubo entrado en el palacio con el extranjero fócense—, Sola quedo, sin ti y sin padre; ahora sí estoy condenada a ser la sierva de esas gentes malvadas, los asesinos de mi padre. Pues no, no quiero seguir viviendo bajo su mismo techo; antes me echaré ante la puerta de este palacio y moriré de miseria. ¿Que alguno de los moradores se enojará por ello? Bien, que salga y me dé muerte. La vida no es para mí sino un mal, y en nada la estimo.

Poco a poco se acallaron sus lamentaciones y quedó sumida en un estado de estupor semiinconsciente. Seguramente habría permanecido así horas y más horas, ensimismada en las gradas de mármol de la escalinata de palacio, hundida la cabeza en el pecho, de no haber llegado corriendo alegremente su hermana Crisótemis y, sin reparar en nada, no hubiese despertado a la otra de su triste ensimismamiento con un grito de gozo:

—¡Orestes ha llegado! —exclamó—, está ahí, tan real y vivo como tú me estás viendo ahora a mí.

Electra levantó la cabeza y, mirando con ojos desencajados, díjole al cabo:

—¿Estás loca, chiquilla, o es que te burlas de mi dolor y del tuyo?

—Te digo que lo he encontrado —repuso Crisótemis riendo y llorando a la vez—; escucha cómo he descubierto la huella de la verdad. Cuando llegué a la tumba de nuestro padre, recubierta de hierba, vi en la cima vestigios de una ofrenda reciente de leche y la sepultura adornada con una corona de flores. Sorprendida e inquieta, miré a mi alrededor y, no viendo a nadie, me aventuré a seguir buscando. Entonces descubrí, al borde de la tumba, un rizo recientemente cortado. Inmediatamente, sin saber cómo, se presentó a mi alma la figura de nuestro hermano ausente Orestes, y me dio el presentimiento que aquel rizo era de él y de nadie más. Con secretas lágrimas de alegría lo he cogido y aquí lo traigo. ¡No hay duda de que ha sido cortado de la cabeza de nuestro hermano!

Ante aquella dudosa prueba, Electra continuó sentada, incrédula, sacudiendo la cabeza:

—Te compadezco por tu insensata credulidad —replicó—. Tú no sabes lo que yo sé.

Y le contó toda la relación del fócense, con lo que la pobre Crisótemis, que a cada palabra sentía desvanecerse su esperanza, no tuvo más remedio que unirse a Electra en sus exclamaciones de dolor.

—Es indudable —dijo Electra— que el rizo procede de algún amigo piadoso que quiso dejar un recuerdo de nuestro hermano, tan lastimosamente caído, en la tumba del padre asesinado.

Sin embargo, aquel incidente había devuelto el valor a la heroica doncella, y así propuso a su hermana (ya que su última esperanza, la de vengar a su padre por mano de Orestes, se había desvanecido con la muerte de éste) de realizar entre las dos la gran hazaña de matar al malvado Egisto.

—Reflexiona —le dijo— que amas la vida y la felicidad en ella, Crisótemis. Pues bien, jamás esperes que Egisto permita que nos casemos y se propague la raza de Agamenón en nosotras, la raza que se vengaría de él y los suyos. Pero si sigues mi consejo, te granjearás fama por haber sido fiel a tu padre y a tu hermano, vivirás libre en adelante y serás feliz contrayendo un matrimonio digno. Pues, ¿quién no se volverá gustoso a mirar a una hija tan noble? Además, todo el mundo nos tributará ala­banzas en la mesa, y en la asamblea no cosecharemos sino honor por nuestra acción digna de un hombre. Créeme, pues, querida. Compadécete del padre, asocíate a la desgracia de nuestro her­mano, sálvame y sálvate a ti misma de esta terrible situación, Piensa en la ignominia de una existencia deshonrosa para mu­jeres bien nacidas.

Pero Crisótemis encontró imprudente, torpe e irrealizable la proposición de su exaltada hermana.

—¿Con qué cuentas? —preguntóle—; ¿tienes acaso la fuerza de un hombre? ¿No eres una mujer? ¿No te enfrentas con ene­migos poderosísimos cuya fortuna se afirma más y más cada día que pasa? Cierto que nuestra vida es dura, pero mira de no hacérnosla más dura todavía. Podemos ganarnos una hermosa fama, pero sólo a costa de una muerte ignominiosa. Y tal vez morir no es lo peor; quizá nos esperaría algo aún más grave. Te lo ruego, hermana, domina tu despecho antes de que nos perda­mos irremisiblemente. Guardaré en el secreto más profundo todo lo que acabas de confiarme.

—Prevista tenía tu contestación —respondió Electra con un profundo suspiro—, bien sabía que rechazarías mi propuesta. En este caso tengo que obrar sola, con mis propias manos. ¡Bien, sea así!

Crisótemis la abrazó llorando, pero ella siguió imperturbable: —Ve —le dijo con frialdad—, ve a decir todo eso a tu madre. Y cuando la muchacha se alejaba llorando y sacudiendo la cabeza:

—Ve —repitióle—. Nunca seguiré tus pasos.

Continuaba sentada en el umbral del palacio cuando se acer­caron dos hombres jóvenes siguiendo a otros que llevaban una urna funeraria. El más bello y apuesto de los dos, dirigiéndose a Electra, preguntóle por la morada del rey Egisto y se dio a conocer como uno de los enviados del rey de Fócida. Electra, le­vantándose de un brinco y tendiendo los brazos hacia la urna: —¡Por los dioses, extranjero! —exclamó—, Si este vaso lo enpierra, dámelo para que con sus cenizas pueda ya llorar a toda mi desgraciada raza.

—Sea quien fuere —dijo el joven considerando atentamente a la doncella—, dadle la urna. Pues nunca pide tales cosas un enemigo, sino un amigo o un pariente.

Electra cogió la urna con ambas manos y, estrechándola re­petidamente contra su corazón, dijo en tono de pena incontenible:

—¡Oh restos de mi carísimo Orestes! ¡ Qué distinta era la es­peranza con que te dejé marchar, y cómo he de saludarte ahora que vuelves de este modo! Cuánto mejor que hubiese muerto yo en vez de enviarte al extranjero. Entonces habrías bajado a la tumba del padre, sacrificado el mismo día, en vez de morir en el destierro y ser sepultado por manos extrañas. Fueron, pues, vanos todos mis cuidados y todos mis dulces esfuerzos. ¡Todo murió contigo! Muerto está el padre, muerta estoy yo misma desde que tú no vives; nuestros enemigos ríen, nuestra madre cruel se entrega a una alegría salvaje, pues ya no teme secretos mensajes de venganza que tú habrías podido enviarme. ¡Ah! ¡ Por qué no me acoges contigo en esta urna! Estoy aniquilada; déjame compartir mi nada contigo.

Al lamentarse la doncella con tanta desesperación, el joven que iba al frente de los enviados no pudo contenerse por más tiempo ni seguir callándose.

—¿Es posible —exclamó— que esta imagen del dolor sea la figura de Electra? ¡Oh hermosura impía e inicuamente ajada! ¿Quién te ha cambiado de este modo?

Electra. mirándolo sorprendida, le dijo:

—Eso se debe a que me veo forzada a servir a los asesinos de mi padre, forzada por mi madre malvada, y con las cenizas que contiene esta urna se ha desvanecido toda mi esperanza.

—¡Suelta ese vaso! —gritó el joven con voz ahogada por las lágrimas. Y al ver que Electra se negaba, apretando con mayor fuerza la urna contra el corazón—: Tira esta urna vacía —repi­tió—, todo eso es simulado.

La doncella, arrojando de sí la vasija, gritó con acento de desesperación:

¡Ay de mí! ¿Dónde está entonces su tumba?

—En ninguna parte —fue la respuesta del mozo—, a los vivos no se les da sepultura.

—En este caso, ¿vive?, ¿vive?

—Como que vivo estoy yo. Yo soy Orestes, tu hermano; reconóceme por esta señal con que nuestro padre me marcó en el brazo. ¿Crees ahora que vivo?

¡Oh rayo de luz en la noche! —exclamó Electra cayendo en sus brazos.

En aquel momento salió del palacio el hombre que había comunicado a la reina la falsa embajada de Fócida; era el ayo del joven Orestes, a quien la misma Electra había confiado un día el niño y que, por su orden, lo había llevado al país de los foceos. Cuando se dio a conocer a la doncella en breves palabras, ésta le estrechó alborozada la mano y dijo:

¡Oh único salvador de nuestra casa! ¡ Qué servicio me han hecho estas manos queridas, estos fieles pies tuyos? ¿Cómo te ocultastes durante tanto tiempo sin ser descubierto? ¿Cómo habéis concertado y dispuesto todo eso?

Pero el hombre dejó sin respuesta sus impetuosas preguntas.

—Ya llegará la hora en que pueda contártelo todo en detalle, princesa. Ahora apremia el tiempo para pasar a la acción, a la venganza. Todavía está Clitemnestra sola en palacio, no hay guar­dianes dentro, pues Egisto se halla aún ausente. Pero si titubea­mos un momento, tendremos que habérnoslas con muchos y más fuertes que nosotros.

Orestes, asintiendo, se precipitó, acompañado de su fiel amigo Pílades (el hijo del rey Estrofio de Fócida, que había venido con él) y sus seguidores, al interior del palacio, y Electra entró tras de ellos después que hubo abrazado suplicante el altar de Apolo.

Pocos minutos habían transcurrido cuando Egisto, de regreso, penetró también en la casa preguntando por los foceos que, según se le había comunicado en camino, traían la noticia de la muerte de Orestes. La primera con quien se topó en palacio fué Electra, y, con burlona insolencia, le preguntó:

—Dime, insolente, ¿dónde están los extranjeros que han venido a destruir tus esperanzas?

Electra reprimiendo sus sentimientos, respondió:

—Dentro, pues han sido bien recibidos.

—¿Y anunciaron su muerte como cierta?

—No sólo la anunciaron —replicó Electra—, sino que lo traen consigo.

—Es ésta la primera palabra agradable que oigo de tus labios —exclamó en tono de mofa Egisto—, pero mira, ahí traen ya al muerto.

Y se dirigió alegre al encuentro de Orestes y sus compañeros, que transportaban un cadáver cubierto desde el interior del palacio al vestíbulo.

¡Ah qué vista más grata! —exclamó el rey clavando en el cuerpo inanimado sus ávidos ojos—. Descubridlo en seguida, pero dejad que me eche a llorar como el caso requiere, pues de un pariente se trata— dijo mofándose.

Pero Orestes le replicó:

—Levanta tú mismo el velo, oh rey. No soy yo, sino tú, quien ha de contemplar estas reliquias y saludarlas con afecto.

—Bien —replicó Egisto—, pero llamad a Clitemnestra, que vea también lo que será de su agrado.

—Clitemnestra no está lejos— dijo Orestes.

Entretanto, Egisto levantaba el velo y retrocedía con un grito de espanto: lo que tenía ante sus ojos no era el cadáver de Orestes, como él había esperado, sino el de Clitemnestra.

¡Ay de mí! —exclamó—. ¿en qué red he caído, desgra­ciado de mí?

A lo que Orestes le respondió con su voz de trueno:

—¿No te has dado cuenta de que estás hablando con los vivos creyéndolos muertos? ¿No ves que tienes ante tí a Orestes, el vengador de su padre?

¡Déjame hablar! —exclamó Egisto anonadado.

Pero Electra conjuró a su hermano a que no lo escuchase. Los forasteros empujaron al usurpador al interior del palacio, y en el mismo lugar donde un día fuera asesinado Agamenón, en el baño, cayó Egisto como víctima expiatoria, herido por la mano del vengador.



*Parte 2




Tantalidas


Ifigenia en Táuride se dispone a sacrificar a su hermano Orestes y a Pílades. (Relieve, Villa Albani, Roma)





^Orestes y las Euménides


Al cumplir Orestes el deber de vengador de su padre en las personas de su madre y su rival, había ejecutado la voluntad de los dioses, pues un oráculo del propio Apolo le había ordenado hacer lo que hizo. Pero la piedad por su padre le había conver­tido en asesino de su madre. Después de cometida la acción, des­pertóse en su pecho el amor filial; el crimen contra naturaleza, instigado por otro deber natural, que en su horrible lucha de sentimientos contrapuestos acaba de cometer, entrególe a las vengadoras de esos delitos, las Erinas o Furias, a quienes los grie­gos, por temor, daban también el nombre de Euménides, es decir, «las piadosas». Hijas de la noche y negras como ella, de es­pantosa figura, de talla sobrehumana, con los ojos inyectados de sangre, serpientes por cabellos, llevando la antorcha en una mano y el látigo trenzado con serpientes en la otra, perseguían al matricida en todo momento, y pusieron en su corazón el roe­dor remordimiento y el arrepentimiento torturador.

Inmediatamente después de consumado el hecho, las Euménides lo arrojaron del escenario de su crimen y, como fugitivo enajenado, abandonó las hermanas que acababa de recuperar, la casa paterna, Micenas y la patria. En su tribulación no lo abandonó su fiel amigo Pílades, a quien él, en un momento de lucidez, había prometido con su hermana Electra. Pílades, en vez de regresar a su país y a la casa de su padre Estrofio, compartió todas las peregrinaciones de su demente amigo. Aparte esta alma leal, ningún otro humano apoyo encontró Orestes en su miseria; pero el dios que le había ordenado realizar aquel acto de venganza, Apolo, seguía a su lado, ora visible, ora invisible, y siquiera mantenía alejadas del cuerpo del perseguido a las Erinias, que lo acosaban sin descanso.

Así llegaron los fugitivos, al cabo de largo vagar, a la región de Delfos, y Orestes encontró un refugio momentáneo en el pro­pio templo de Apolo, cuyo acceso estaba vedado a las Furias. El dios acudió a consolarlo cuando él se tendió a descansar en el suelo del santuario, agotado por la fatiga y el remordimiento, y apoyado por su amigo Pílades. Apolo infundióle esperanza y va­lor con estas palabras:

—¡Desdichado, ten confianza!, yo no te abandonaré; de cerca o de lejos velo por ti y nunca cederé ante tus enemigas. Mira ahora a esas viejas despiadadas, cuya proximidad temen los dioses, los humanos e incluso los animales, y que tienen su morada en lo profundo de las tinieblas del Tártaro, yacen fuera de mi templo, domadas por mí con un sueño de plomo. Sin embargo, no te fíes de su sopor, no durará mucho, puesto que mi poder sobre esas viejas diosas es de breve duración. Huye, no te descuides; pero no vagues más sin objetivo. Dirige tus pasos hacia Atenas, la venerable y antigua ciudad de mi hermana Palas Atenea. Yo cuidaré de que encuentres allí un tribunal justiciero ante el cual puedas elevar la voz en defensa de tu causa. No has de abrigar ningún temor. Ahora yo me separo de ti, pero mi hermano Hermes velará y cuidará de que ningún daño le ocurra a mi protegido.

Tales fueron las palabras de Apolo; pero aún antes de que Orestes saliera de su templo, la sombra de Clitemnestra se presentaba ante las almas de las dormidas diosas de la expiación y les susurraba airadas reconvenciones:

—¿Está bien que durmáis? ¿Así ma habéis abandonado, y tendré que seguir errando sin venganza por el mundo de las tinieblas? Después de sufrir una suerte tan horrible, por obra de^ los que más quería, no hay ni un dios que se indigne por mí, degollada por manos matricidas. ¿No habéis lamido mis liba­ciones, vertidas por mi mano? ¿No os he ofrecido banquetes nocturnos, que ningún dios ha compartido? Y ahora todo eso lo pisoteáis y dejáis escapar vuestra presa, como un ciervo que escapa de la red. Oídme, diosas subterráneas: Soy Clitemnestra, que os hice jurar vengarme y que ahora me mezclo en vuestro sueño para recordaros vuestro juramento.

Las negras diosas no pudieron librarse tan pronto del sueño mágico en que se hallaban sumidas; siguieron durmiendo pro­fundamente y roncando. Pero al fin lograron despertarlas las fuertes voces de la sombre que resonaban en medio de su letargo.

—Orestes, el matricida, se os escapa.

Una despertó a las otras y, saltando las tres del lecho como bestias salvajes, precipitáronse sin temor en el recinto del templo de Apolo, del que cruzaron el umbral.

¡Hijo de Zeus —gritaron al dios—, eres un ladrón! Pisoteas a las viejas diosas, hijas de la noche; te atreves a robarnos a ese impío matricida; nos lo has robado y pretendes ser un dios. ¿Es esto justicia entre los dioses?

Apolo, por su parte, expulsó de su resplandeciente santuario a las diosas nocturnas con vivos denuestos:

¡Fuera de esta puerta, hembras pavorosas! Vuestro lugar está en las guaridas de los leones, donde se bebe sangre, esbirros del Destino, y no en la mansión pura y sagrada de un oráculo.

En vano invocaron las diosas de la expiación su derecho y su oficio; Apolo declaró que tomaba bajo su protección al perseguido porque había obrado por mandato suyo como hijo pia­doso de su padre Agamenón, y arrojó a las Euménides del umbral de su templo de manera tan airada, que ellas, temiendo el poder del dios, huyeron volando de aquel lugar.

Luego confió a Orestes y a su amigo a la custodia de Hermes, el dios que tiene a su cargo la protección de los viandantes, y se volvió al Olimpo. Los dos amigos, siguiendo las órdenes de Febo, tomaron el camino de Atenas, seguidos a distancia de las Erinias, que no osaban acercarse a ellos por temor al áureo caduceo del emisario de los dioses. Sin embargo, poco a poco fueron cobrando audacia, y cuando los dos amigos llegaron felizmente a la ciudad de Palas Atenea, todo el tropel de las Furias venía pisándoles los talones. Apenas Orestes y Pílades hubieron fran­queado la entrada del templo de Atenea, el horrible coro se precipitó al interior por sus abiertas puertas.

Orestes se había postrado a los pies de la estatua de la diosa y, extendiendo los brazos hacia ella en actitud suplicante, la invocó con toda la emoción de que su alma era capaz:

—Soberana Atenea, vengo a ti cumpliendo una orden de Apolo. Acoge misericordiosamente a este maldito. Mis manos no se han mancillado con sangre inocente; estoy cansado de tener que huir injustamente y de suplicar en hogares extraños. Atrave­sando ciudades y desiertos he venido hasta aquí en obediencia al oráculo de tu hermano y aquí me tienes arrodillado en tu templo, ante tu imagen, en espera de tu sentencia, ¡oh diosa excelsa!

A su vez el coro de las Erinias, que llegaba tras él, elevó sus voces gritando:

—¡Venimos en tu busca, asesino! Como el perro al zorro he­rido hemos venido siguiendo tus pasos, que destilan sangre. ¡No hallarás ningún asilo, matricida! Sorberemos de tus miembros tu roja sangre y luego nos llevaremos al Tártaro tu pálida som­bra. Ni el poder de Apolo ni el de Atenea serán bastante a li­brarte del eterno tormento. Eres mi presa, criada para mí, destinada a mi altar. Vamos, hermanas, hagámosle bailar en nuestro corro y encendamos nueva locura con nuestros cantos en su alma adormecida.

Y ya se disponían a entonar su horrible canción, cuando de repente un resplandor sobrenatural iluminó el templo, desaparecieron las imágenes y se presentó en su lugar la diosa Atenea en persona. La diosa fijó gravemente sus ojos azules sobre aquella multitud que llenaba el santuario. Abrió luego la boca inmortal para dar paso a estas divinas palabras:

—¿Quiénes son éstos que se han agolpado en mi templo mien­tras yo estaba junto al Escamandro, tomando posesión de la tierra que me han asignado los caudillos griegos y del botín que los piadosos hijos de Teseo me dejaron allí como ofrenda? ¿Qué son esos extraños visitantes que han penetrado en mi san­tuario? Un extranjero está abrazado a mi altar, y unas mujeres que en nada se parecen a las mortales se agrupan detrás de él en actitud amenazadora. Hablad, ¿quiénes sois y qué queréis?

Orestes, mudo de terror y tembloroso, seguía en el suelo; en cambio, las Erinias, que continuaban intrépidas a poca distancia de él, tomaron la palabra:

—Hija de Zeus —dijeron—, vas a oirlo todo de nuestra boca sin rodeos. Somos las hijas de la negra noche; allá abajo, en los infiernos, nos llaman las Furias.

—Bien conozco vuestra raza —dijo Atenea—, y vuestra fama ha llegado con frecuencia hasta mí. Sois las vengadoras del perjurio y del parricidio; ¿qué puede haberos traído a mi santuario?

—Este hombre que, postrado a tus pies, está profanando tu altar con su presencia —respondieron ellas—, ha dado muerte a su propia madre. Juzga tú misma; nosotras nos someteremos a tu fallo, pues sabemos que eres una diosa severa y justa.

—Puesto que me conferís la función de juez —contestó Palas Atenea—, habla tú primero, extranjero. ¿Qué aduces en contra de las acusaciones de estas moradoras del Hades? Dime primero cuál es tu patria y tu estirpe; dime después cuál ha sido tu des­tino y justifícate del crimen de que te acusan. Te lo permito porque te veo aquí arrodillado ante mi altar, que tienes abrazado humildemente como suplicante. Pero responde bien a todas mis preguntas.

Sólo entonces se atrevió Orestes a levantar los ojos del suelo e, incorporándose, aunque arrodillado ante la diosa, dijo:

—¡Soberana Atenea! Ante todo debo librarte de todo cuidado por tu santuario. Yo no he cometido ningún crimen inexpiable ; no abrazo tu altar con manos mancilladas. Nací en Argos, y tú bien conoces a mi padre. Fue el príncipe Agamenón, gene­ralísimo de la flota griega ante Troya, con la que tú misma des­truíste la magnífica fortaleza de Ilion. Este príncipe, de vuelta a su casa, no murió de muerte digna; mi madre, que vivía con un hombre extraño, le tendió una traidora celada y lo asesinó; el baño fue testigo de su muerte. Yo, que desde entonces vivía en el destierro, volví a mi patria al cabo de largos años y vengué a mi padre; no niego que para vengar a mi padre querido maté a mi madre. Y a cometer esta acción me incitó tu propio hermano Apolo, cuyo oráculo amenazóme con grandes tormentos si no castigaba el asesinato de Agamenón. Ahora juzga tú, ¡ oh diosa!, si obré bien o mal. ¡Me someto a tu sentencia!

La diosa permaneció un rato pensativa, en silencio; luego dijo:

—La cuestión a juzgar es tan oscura que un tribunal hu­mano no la dilucidaría. Aun cuando voy a designar jueces mortales para el caso, es conveniente que os dirijáis con vuestro pleito a una inmortal. Yo misma reuniré a los jueces, presidiré la vista en mi templo y decidiré en caso de que el fallo sea indeciso. Mientras tanto, él vivirá en nuestra ciudad bajo mi protección, sin ser molestado. Y vosotras, diosas lúgubres e ine­xorables, no profanéis este suelo sin necesidad con vuestra presencia. Marchaos a vuestra subterránea morada y no volváis a aparecer aquí hasta el día señalado para el juicio. Entretanto, que cada una de las partes reúna testigos y pruebas, y yo elegiré a los hombres más íntegros de esta ciudad que lleva mi nombre y los erigiré en arbitros de este proceso.

Después que la diosa hubo señalado el día en que debería celebrarse el juicio, las dos partes fueron despedidas del templo. Las Erinias obedecieron sin réplica el mandato de Atenea y, abandonando la tierra ateniense, descendieron al Hades, mientras Orestes y su amigo eran recibidos hospitalariamente por los ha­bitantes de la ciudad.

Llegado el día de la vista, un heraldo convocó a los ciudadanos de Atenas que habían sido designados, a una colina que se alzaba frente a la ciudad y estaba consagrada a Ares, por lo que se llamaba el Areópago o Monte de Ares; allí les aguardaba la diosa en persona, junto con las acusadoras y el inculpado. Pero aún había acudido otro tercer personaje que se constituía en abogado del reo: era el dios Apolo. Al verlo las Erinias, asus­tadas, exclamaron con enojo:

—¡Rey Apolo, cuida de tus propios asuntos! Di, ¿qué tienes que hacer en este caso?

—Este hombre —replicó el dios— es mi protegido; se acogió a mi amparo en el templo de Delfos y yo lo purifiqué de la sangre que derramó. Por eso es justo que venga a defenderlo y por eso he venido: de una parte para atestiguar en su favor; de otra, para actuar como su abogado ante el digno tribunal de esta ciudad, reunido por mi celeste hermana Atenea. Pues yo fui quien lo incité a realizar el hecho, presentándole la muerte de su madre como una acción agradable a los dioses.

Al decir estas palabras el dios se acercó todavía más a su protegido. Atenea declaró abierto el juicio e invitó a las Erinias a formular sus acusaciones.

—Lo haremos en pocas palabras —dijo la más vieja, constituyéndose en portavoz de las otras—. ¡Acusado! Responde a todas nuestras preguntas: ¿Diste muerte a tu madre o niegas haberlo hecho?

—No lo niego —contestó Orestes, palideciendo ante la pregunta.

—Siendo así, dinos, ¿cómo lo hiciste? —Traspasándole la garganta con la espada —respondió el acusado.

—¿Por consejo e instigación de quién lo hiciste?

—De éste que está junto a mí —replicó Orestes—; este dios me lo ordenó a través de un oráculo; y él está aquí para atestiguarlo.

A continuación el reo se defendió en un breve discurso dirigido a los jueces, diciendo que no había visto en Clitemnestra a su madre, sino a la asesina de su padre, y Apolo, en función de abogado, pronunció una larga y elocuente defensa. Tampoco las Erinias se quedaron silenciosas; mientras el dios pintó ante el tribunal con negros colores el asesinato del esposo, ellas se esfor­zaron en poner de relieve el delito del matricida. Al terminar dijo la vieja:

—Ahora hemos enviado todas las flechas de la aljaba; aguar­daremos tranquilamente el fallo de los jueces.

Atenea mandó distribuir entre éstos las piedras representativas de los votos: negras para significar la culpabilidad, blancas para la inocencia. La urna donde debían depositarse las piedras fue colocada en el centro de la plaza cercada; pero antes de que los jueces emitieran sus sufragios, la diosa tomó la palabra desde el alto estrado donde había emplazado su trono en su carácter de presidente del tribunal, y donde aparecía con toda su celestial majestad, y dijo:

—Ciudadanos de Atenas, escuchad esta decisión de la funda­dora de vuestra ciudad, hoy que por vez primera juzgáis un proceso por derramamiento de sangre. Para todos los tiempos que han de seguir, este tribunal quedará constituido dentro de vuestros muros. Aquí, en este monte sagrado de Ares, donde un día remoto, cuando la guerra de las amazonas, esas heroicas ene­migas tuvieron su campamento y ofrecieron sus sacrificios al dios de la guerra, aquí digo, el Areópago, así llamado del nombre del dios, establecerá su tribunal de sangre, destinado a inspirar día y noche un piadoso temor a los ciudadanos. Integrado por los hombres más irreprochables de la ciudad, lo instituyó en este mo­mento, inaccesible al soborno, digno, severo, vigilante, siempre despierto en defensa de los que duermen. Vosotros, todos los habitantes, debéis temer su alteza y protegerlo como saludable protección de vuestra ciudad, como una institución que no posee ningún otro pueblo, griego o extranjero. Así lo dispongo para el futuro. Pero ahora, jueces, levantaos, recordad vuestro juramento y depositad vuestro voto en la urna para el fallo de este proceso.

Silenciosamente se levantaron los magistrados de sus asientos y se dirigieron uno tras otro a la urna, en la cual cayeron su­cesivamente las piedras fatales. Cuando todos hubieron votado, otros ciudadanos seleccionados, sometidos previamente a jura­mento, procedieron a contar las piedras blancas y las negras, ocurriendo que resultó igual el número de unas y otras, por lo que la decisión hubo de corresponder a la diosa presidente, tal y como ella lo previera ya antes de comenzar la vista. Atenea, levantándose nuevamente de su trono, dijo:

—Yo no he nacido de madre; soy la hija única de mi padre Zeus, salida de su frente, una doncella viril, desconocedora de los lazos matrimoniales y, sin embargo, engendrada para proteger a los hombres. No me pondré del lado de la mujer que inmoló culpablemente a su marido para satisfacer a su malvado rival. A juicio de mi corazón, Orestes ha obrado bien: no ha dado.

muerte a su madre, sino a la asesina de su padre. ¡Para él la victoria! —Y así diciendo abandonó el sillón presidencial y, cogiendo una piedra blanca, la puso al lado de las otras del mismo color.— Este hombre —declaró luego solemnemente, una vez hubo vuelto a su trono— es declarado, por mayoría de votos, ino­cente de la acusación de homicidio injustificado.

Pronunciada la sentencia, Orestes, rogando a la diosa que le concediese la palabra, dijo profundamente conmovido:

¡Oh Palas Atenea que acabas de salvar a mi raza y a mí mismo, privado de patria! En toda Grecia se dirá, alabando tu buena obra: Así vuelve aquel argivo a residir en el palacio pa­terno, salvado por la justicia de Atenea y Apolo y del padre de los dioses, sin cuya voluntad esto no habría sido posible. Pero yo regreso a mi patria jurando a este pueblo y a esta tierra que jamás, en todos los tiempos, vendrá un argivo a traer la guerra a los piadosos atenienses. Si, suponiendo que muchos años des­pués de mi muerte, alguno de mis compatriotas osara faltar a este mi juramento, desde el fondo de la fosa donde reposarán sus abuelos, mi espíritu lo castigaría y pondría tantos males en su camino, que se vería imposibilitado para llevar a cabo sus impíos proyectos contra esta ciudad. Adiós, pues, excelsa protec­tora del Derecho, y tú, piadoso pueblo ateniense, ojalá en toda guerra y en todas las cosas te acompañen la victoria y el éxito.

Con estas bendiciones abandonó Orestes la santa colina de Ares, acompañado de su amigo, que durante todo el juicio no se había apartado de su lado; las diosas de la expiación no se atre­vieron a poner las manos, contra el fallo de Minerva, en el exculpado ; temían, además, la presencia de Apolo, dispuesto a de­fender la decisión del tribunal. Pero la que había actuado de acusadora, levantándose de entre sus compañeras y enfrentándose con Apolo y Atenea, equiparada a ellos por su sobrehumana talla, con la voz lúgubre propia de la noche, pronunció el si­guiente discurso en recusación de la sentencia:

¡Ay de nosotras! Los dioses jóvenes habéis pisoteado las leyes antiquísimas, nos las habéis arrancado de las manos a nosotras, que somos divinidades más viejas. Aquí estamos despre­ciadas, impotentes, airadas. Pero esta sentencia os habrá de pesar, ¡atenienses! Verteremos todo el veneno de nuestros cora­zones sobre este suelo, donde se menosprecia la justicia. La peste atacará todas vuestras plantas, la ruina caerá sobre toda vida. Visitaremos vuestra tierra y vuestra ciudad con la esterilidad y la epidemia; nosotras, las ofendidas y escarnecidas diosas de la noche.

Al oir Apolo esta terrible maldición, avanzando hasta estar en medio de ellas, les dijo en tono conciliador:

—¡Escuchadme, oh diosas! No os enojéis de este modo por la sentencia recaída. No por ello habéis sido vencidas; de la urna salió igual número de piedras blancas y negras; el tribunal no ha fallado de modo que podáis sentiros agraviadas; sólo la mise­ricordia ha vencido, sólo la equidad ha salvado al acusado que se halló ante el dilema de escoger entre dos sagrados deberes, y que por fuerza hubo de violar uno de ellos. Y esto lo hemos hecho nosotros los dioses, no los jueces de esta ciudad; y Zeus lo ha aprobado. Así. no descarguéis vuestro enojo sobre el pueblo inocente, y yo os prometo en su nombre que tendréis en su tierra un santuario y una sede digna, y todos los habitantes de la ciudad os venerarán como a las diosas inexorables de la justa expiación.

Atenea confirmó aquella promesa de Apolo.

—Creedme, diosas venerables —dijo—, que si establecéis vues­tra sede en otro país, luego lo deploraréis y echaréis de menos lo que despreciasteis. Los moradores de esta ciudad están dis­puestos a teneros en alto honor: coros de hombres y mujeres ensalzarán vuestra gloria, tendréis un santuario junto al templo del divinizado rey Erecteo. No prosperará ninguna casa que no os tribute culto.

Estas promesas aquietaron, poco a poco, la ira de las severas Erinias, las cuales se ofrecieron a establecer su sede en el país, sintiéndose honradas al saber que poseerían en la famosísima ciudad altares y un santuario como los propios Apolo y Atenea; y, al fin, se suavizaron hasta el extremo de formular ante los dioses presentes la promesa solemne de proteger a la ciudad, alejando de ella las tempestades, las plagas y las epidemias; tomando bajo su amparo los rebaños, bendiciendo los matrimo­nios, y, de acuerdo con sus hermanastras las Parcas, o diosas del Destino, impulsando de todas las maneras posibles la prosperidad del país. Desearon al pueblo entero eterna concordia y santa paz, y su negro coro se despidió con grandes manifestaciones de gratitud de la pareja de celestiales hermanos, alejándose del Areópago y la ciudad entre los cánticos de loanza de toda la población.


^Ifigenia en Tánride



Tantalidas

Atenea echa en una urna la «piedra de la suerte», mientras Orestes espera impaciente su destino. Sobre la «piedra de la acusación» está sentada Erígone, hija de Egisto, como acusadora. A la derecha de la columna aguardan la sentencia Electra y Pílades. (Relieve de un vaso de plata de Anzio)





Los dos amigos Orestes y Pílades, librado ya el primero de sus tormentos, habíanse dirigido de Atenas a Delfos, al oráculo de Apolo, donde el hijo de Agamenón preguntó al dios qué había decidido sobre él. La sentencia de la pitonisa fue que el hijo del rey de Micenas lograría el fin de sus tribulaciones cuando se hubiese trasladado a los confines de la Península de Táuride, junto a la tierra de los escitas, donde poseía un santuario Artemisa, la hermana de Apolo. Allí debía apoderarse, por astucia o por otros medios, de la estatua de la diosa, que, según la leyenda, había caído del cielo, y era adorada por aquel pueblo bárbaro; y, una vez realizada la peligrosa proeza, debía trasladar la imagen a Atenas, pues la diosa suspiraba por un clima más suave y por adoradores griegos, cansada ya de aquella tierra extran­jera. Una vez realizada felizmente esta empresa, el errante joven se vería al cabo de sus desgracias.

Tampoco Pílades abandonó a su amigo en su nueva y fatigosa peregrinación hacia una meta tan llena de peligros. Pues el pue­blo de los táuridos era una raza de gentes salvajes que tenía la costumbre de sacrificar a la virgen Artemisa los náufragos llega­dos a sus orillas y otros forasteros. A los prisioneros enemigos les cortaban la cabeza y, clavándola en una estaca y colgándola de la campana de la chimenea de sus chozas, la constituían en guardiana de la casa, encargada de vigilar desde su altura cuanto en ella ocurría.

El motivo por el cual el oráculo enviaba a Orestes a aquella salvaje tierra de crueles habitantes era el siguiente: cuando Ingenia, la hija de Agamenón y de Clitemnestra, había de ser sacrificada, por consejo del adivino Calcante, en la playa de Áulide, en presencia de los griegos, descargado ya el golpe mortal que hirió a una cierva en vez de a la doncella, la compasiva diosa Artemisa, sustrayendo a la muchacha a las miradas de los griegos, llevóla en brazos, surcando los espacios luminosos del cielo, a través de tierras y mares, hasta aquella Táuride, donde la dejó en su propio templo.

Allí la encontró el rey de aquel pueblo bárbaro, Toante, y la instituyó sacerdotisa del templo de Artemisa. Al servicio de la diosa, debía cuidar del cumplimiento de la horrible costumbre de aquel pueblo rudo, sacrificando a la diosa del país todo extranjero que pisara sus rodillas, y la mayoría de las víctimas de tan triste destino eran griegos, compatriotas suyos. Su única misión consistía en consagrar a las víctimas; luego, otros servidores subalternos las conducían al interior del santuario, al banco del sacrificio, donde eran degolladas.

La doncella había visto ya transcurrir buen número de tristes años lejos de la patria, ignorante en absoluto de la suerte de su casa. Desempeñaba su lúgubre oficio y era tenida en alta estima por el rey y honrada por el pueblo, que admiraba en ella la suavidad de las costumbres griegas y su personal simpatía. He aquí que una noche soñó que vivía lejos de aquella costa bárbara, en su ciudad natal de Argos, rodeada de las esclavas de la casa pa­terna. De pronto la tierra se puso a temblar, y le pareció que ella huía del palacio y, desde el exterior, tenía que ver y oir cómo el tejado de la casa se movía, y todo el edificio, montado sobre columnas, se derrumbaba por completo. Parecióle que un solo pilar de la casa paterna quedaba en pie, y, de repente, aquel pilar tomó forma humana ; el capitel se transformó en una cabeza cubierta de rubio cabello que comenzó a hablar en sones articulados y comprensibles, si bien la muchacha no pudo recordar su significado al despertar. Pero en el sueño vio también que, en el desempeño de sus crueles funciones homicidas, tenía que ro­ciar con agua sagrada a aquel hombre que había sido un pilar de su casa y que estaba ahora condenado a muerte; lo cual hizo llorar a la doncella amargamente hasta que la visión desapareció.

La mañana siguiente a aquella noche, Orestes y su amigo Pí­lades, habiendo desembarcado en la costa de Táuride, se encami­naron al templo de Artemisa. Pronto estuvieron frente al bárbaro edificio, más semejante a un torreón que a la morada de un dios, y asombrados contemplaron el alto muro que lo rodeaba. Final­mente, Orestes rompió el silencio:

—Mi fiel amigo —dijo—, tú que has querido compartir tam­bién este peligro conmigo, ¿qué hacemos ahora? ¿Subiremos los peldaños del templo? Pero, una vez estemos arriba, ¿no tendremos que andar a tientas, como por un laberinto, en el interior de ese edificio que desconocemos? ¿No toparemos con cerrojos de bronce que nos cerrarán la entrada a las salas? Y si, mientras buscamos un acceso y abrimos, nos sorprenden en la puerta los guardianes, pues sin duda los hay en el santuario, moriremos, pues no ignoramos que en el altar de esta diosa inexorable se inmolan constantemente griegos. ¿No sería más prudente volver­nos al barco que nos trajo?

—No debemos huir —respondió Pílades—; sería la primera vez que lo hacemos. La palabra de Apolo es sagrada. Pero alejémonos del templo y ocultémonos en las oscuras grutas que el mar invade, lejos de nuestra nave; no vaya alguno a descubrirla y nos denuncie al soberano del país, y tengamos que rendirnos a la fuerza. Pero cuando llegue la noche nos pondremos a la obra. Ya conocemos la situación del templo; idearemos alguna treta que nos lleve a su interior, y una vez nos hayamos apode­rado de la estatua, no me inquieta la vuelta. Los valientes son audaces en el peligro. ¿No hemos recorrido un camino larguí­simo a fuerza de remos? Sería vergonzoso volvernos cuando ya tocamos la meta, sin el botín que el dios nos señaló.

—Dices bien —exclamó Orestes—, hagamos como aconsejas. Vamos a ocultarnos hasta que el día haya transcurrido, y que la noche corone nuestra obra.

Estaba ya el sol muy alto en el cielo cuando la sacerdotisa de Artemisa, que se encontraba en el umbral de su templo, vio que llegaba corriendo un pastor en la dirección de la playa. Traíale la noticia de que habían desembarcado dos jóvenes, magníficas víctimas para la diosa.

—Prepara, pues, noble sacerdotisa —dijo—, cuanto antes me­jor, la sagrada ablución y disponte a la obra.

—¿Y qué gente son esos extranjeros? —preguntó tristemente Ingenia.

—Griegos —respondió el pastor—; y lo único que de ellos sabemos es que uno se llama Pílades, y que ambos son nuestros prisioneros.

—Contadme dijo la doncella—, dónde ocurrió y cómo los apresasteis.

—Estábamos —comenzó el pastor— bañando nuestro ganado, y nos echábamos alternativamente al agua que corre furiosa por entre las rocas que llaman Simplégadas. Hay allí un despren­dimiento de rocas hueco, quebrado, constantemente azotado por las olas, que forma una gruta a propósito para los pescadores de púrpura. En ella un pastor de nuestro grupo descubrió a dos jóvenes, y le parecieron tan hermosos que, tomándolos por dioses, quiso postrarse de rodillas ante ellos. Pero un compañero que estaba con él, hombre osado e incrédulo, no fue tan bobo, y echándose a reir al ver que el otro iba a arrodillarse, le dijo: «¿No ves que son náufragos que se han refugiado en aquella gruta para ocultarse, porque deben estar enterados de la cos­tumbre de nuestro país de sacrificar a los extranjeros que desem­barcan en estas costas? ». Esta opinión fue aceptada por la mayo­ría, y en seguida nos aprestamos a darles caza. Entonces uno de los extranjeros salió de la cueva; sacudía la cabeza y la agitaba como en delirio, así como los brazos y las manos. Lanzando fuertes gemidos y, en un rapto de locura, púsose a gritar: «¡Pílades, Pílades!, ¿no ves allí a la negra cazadora, el dragón del Hades, que quiere matarme, cómo viene corriendo hacia mí armado de horrendas víboras? ¿Y allí la otra, la de hálito de fuego, que lleva en brazos a mi propia madre y me amenaza con arrojár­mela? ¡Ay de mí, que me estrangula! ¿Cómo escaparé?». De to­das aquellas visiones espantables —prosiguió el pastor—, nada aparecía por ninguna parte; seguramente él tomaba los mugidos de las reses y el ladrar de los perros por las voces de las Erinias. Nosotros, aterrados y suspensos, permanecíamos quietos y en si­lencio. Y he aquí que el extranjero, desnudando la espada, se lanzó furioso contra el rebaño y empezó a despanzurrar los ani­males, de modo que muy pronto el agua del mar se tifió de rojo. Al fin, cobramos ánimos, llamamos, tocando los cuernos, a las gentes de los alrededores, y todos juntos nos arrojamos en masa sobre los dos extranjeros armados. El loco, que poco a poco había ido cesando en sus convulsiones, se desplomó al suelo, llena de espuma la boca, y todos nosotros nos precipitamos contra él con palos y hondas, mientras su compañero le secaba la espuma y le envolvía el cuerpo con su propia túnica. Pronto, sin embargo, se reincorporó de un salto, recobrado el juicio y presto a defender su vida. Al fin. hubieron de ceder ante el número; los ence­rramos en un círculo, y a pedradas conseguimos hacerles caer las armas de las manos y a ellos, extenuados, al suelo. Préndanos­los y los condujimos a presencia de Toante, el soberano del país, el cual, no bien los hubo visto, ordenó que te los enviásemos para el sacrificio. Oh doncella, ruega que se te entreguen muchos de esos extranjeros, que parecen ser griegos de alcurnia. Si matas a gran número de ellos, Grecia habrá pagado con creces tus an­gustias mortales, y tú quedarás vengada por lo que te hicieron en el puerto de Áulide.

Calló el pastor y quedó esperando la orden de la sacerdotisa de que condujese a su presencia a los dos extranjeros, como en efecto lo hizo.

Al encontrarse Ingenia sola, díjose a sí misma: « ¡Ah corazón mío. que solías ser siempre compasivo con los extranjeros, y derramabas una sentida lágrima por tus compatriotas cada vez que caían en tus manos! Desde hoy, sin embargo, desde que el sueño de anoche me trajo el amargo presentimiento de que mi que­rido hermano Orestes ya no ve la luz del sol, todos los que lleguéis aquí me encontraréis despiadada. Es cierto que los desgraciados no miran bien a los dichosos. ¡Oh griegos que, como un cordero, me llevasteis al ara de los sacrificios siendo mi propio padre el inmolador! Nunca olvidaré aquellas horas horri­bles. Sí, si Zeus me trajese hasta aquí al homicida Menelao y a la falaz Helena, estoy segura que no vacilaría mucho».

La venida de los prisioneros interrumpió su soliloquio. Los traían atados y, al verlos ella, dijo a sus guardianes:

—Desatadles las manos; la solemne consagración que van a recibir les exime de toda ligadura. Luego id al templo a disponer todo lo que se precisa para el caso.

Y, dirigiéndose a los cautivos, díjoles:

—Hablad, ¿quién es vuestro padre, vuestra madre, quién vues­tra hermana si la tenéis, y que, privada de hermanos tan apuestos y gallardos, habrá de quedar sola en el mundo? ¿De dónde ve­nís, oh extranjeros dignos de lástima? Seguramente os ha su­puesto un largo viaje el llegar hasta nuestras costas; y, sin em­bargo, debéis prepararos para uno mucho más largo, pues que ahora vuestra destino será el reino de las sombras.

Respondióle Orestes:

—Quienquiera que seas, oh mujer, ¿por qué nos compadeces? Mal le está a quien empuña la segur del verdugo consolar a su víctima antes de asestarle el golpe. Y tampoco cuadra el lamen­tarse a quien amenaza la muerte sin esperanza. Nada de lágrimas, ni tuyas ni nuestras. Que el Destino se cumpla.

—¿Cuál de los dos es Pílades? Decídmelo ante todo —preguntó la sacerdotisa.

—Éste es —respondió Orestes, señalando a su amigo.

—¿Sois hermanos?

—Por el corazón —replicó Orestes—, no por el nacimiento. —Y tú ¿cómo te llamas, pues?

—Llámame el Mísero —repuso él—, lo mejor será que muera desconocido; por lo menos no seré objeto de burla.

Pero la doncella insistió, apremiándolo para que dijese si­quiera el nombre de su ciudad natal. Al resonar en sus oídos el nombre de Argos, un estremecimiento recorrió todo su cuerpo, y exclamó con viveza:

—Por los dioses, amigo, ¿verdaderamente procedes de allí?

—Sí —repuso Orestes—, de Micenas, donde un tiempo estuvo mi casa, venturosa entonces.

—Si vienes de Argos, extranjero —prosiguió Ingenia con creciente agitación—, ¿seguramente traerás noticias de Troya? ¿Es cierto que ha quedado totalmente arrasada? ¿Regresó de ella Helena?

—Sí, las dos cosas son como dices.

—¿Y cómo está el caudillo? Paréceme que se llamaba Agamenón, hijo de Atreo.

Orestes se estremeció a esta pregunta.

—No lo sé —dijo desviando la cabeza—, no me hables de ese hombre, mujer.

Pero Ifigenia insistió en tono tan dulce y suplicante que él no pudo negarse, y dijo:

—Murió; su esposa lo mató de muerte cruel.

Un grito de espanto escapóse de los labios de la sacerdotisa, que, sin embargo, dominándose, prosiguió:

—Dime todavía esto: ¿vive aún la mujer del infeliz?

—Ya no —fue la respuesta—; pereció a manos de su hijo, que tomó sobre sí la venganza de su padre; ¡pero bien lo paga!

—¿Viven aún otros hijos de Agamenón?

—Dos hijas: Electra y Crisótemis.

—Y ¿qué se sabe de la mayor, la que fue sacrificada?

—Que una cierva murió en su lugar; en cuanto a ella, desapareció sin dejar rastro. Pero seguramente habrá muerto hará ya tiempo.

—Y el hijo del asesinado ¿vive todavía? —preguntó con angustia la doncella.

—Sí —dijo Orestes—, pero sumido en la miseria, perseguido en todas partes y en ninguna.

¡Adiós, sueños engañosos, nada erais, pues! —suspiró Ingenia para sí; luego ordenó a los criados que se retirasen, y, al hallarse a solas con los griegos, díjoles en voz baja: —Escuchad una cosa, amigos, que, si vamos a una, ha de redundar en bien vuestro y mío. Te salvaré, joven, si quieres hacerte cargo de una carta dirigida a los míos, en nuestra patria común Micenas.

—No puedo salvarme sin mi amigo —respondió Orestes—, soy un desgraciado a quien él jamás abandonó. ¿Cómo iba yo a abandonarlo ahora en trance de muerte?

¡Oh noble y fraternal amigo! —exclamó la muchacha—, ¡ah, si mi hermano fuese como tú! Pues sabedlo, extranjeros, también yo tengo un hermano, aunque está lejos. Pero a los dos no puedo salvaros; el Rey jamás lo permitiría. Muere tú, entonces, y que se marche Pílades; quien de los dos se encargue de mi carta, me da igual.

—¿Quién me inmolará? —preguntó Orestes.

—Yo misma, por mandato de la diosa —respondió Ifigenia.

—Cómo, ¿tú, una débil muchacha, empuñando la espada con­tra hombres?

—No, pero rociaré con agua lustral tu cabellera. Son los criados del templo los que blanden el hacha del sacrificio. Después una sima en la roca recibirá tus huesos calcinados.

—¡Ah si pudiese sepultarme mi hermana! —suspiró Orestes. —Vano es tu deseo —dijo la doncella conmovida—, puesto que tu hermana reside en la lejana Argos. Con todo, querido com­patriota, no te preocupes, yo apagaré con aceite tu hoguera y la rociaré con miel y adornaré tu tumba como lo haría tu hermana. Pero ahora deja que vaya a escribir la carta a los míos.

Cuando los dos amigos se quedaron solos, vigilados de lejos por sus guardianes, Pílades no pudo contenerse por más tiempo:

—¡No —exclamó—, si tú mueres, yo no puedo vivir! No pidas de mí esa ignominia. Debo acompañarte en la muerte como te seguí en el vasto mar. Fócida y Argos me acusarían de cobardía; todo el mundo —pues el mundo es malo— diría que te he trai­cionado para ganar mi patria; que te he matado para apoderarme de tu reino y de tu herencia, tanto más cuanto he de ser tu cuñado y pedí a tu hermana Electra sin dote. Así que quiero y debo morir contigo.

Orestes se opuso a esta resolución, y estaban todavía dispu­tando cuando volvió Ifigenia, la carta en la mano. Mandando a Pílades que jurase llevar la misiva a su destino, ella, por su parte, juró salvarlo.

Luego la doncella, después de reflexionar un rato, resolvió comunicar al mensajero el contenido del documento, para el caso posible de que éste se perdiese en el mar quedando el por­tador con vida.

—Comunicarás —dijo— lo siguiente a Orestes, hijo de Aga­menón : Ifigenia, que fue arrebatada en Áulide del ara del sacrificio, vive y te encarga lo que sigue:

—¿Qué oigo? —interrumpióle Orestes—, ¿dónde está?, ¿ha resucitado de entre los muertos?

—Está aquí —dijo la sacerdotisa—, pero no me interrumpas: «Querido hermano Orestes, sácame de esta lejana tierra de bár­baros y llévame a Argos antes de que muera. Líbrame del altar expiatorio, donde, al servicio de la diosa, debo inmolar a los ex­tranjeros. Si no lo haces, Orestes, maldito seáis tú y tu casa».

Los dos amigos permanecieron largo rato mudos de asombro, hasta que, al fin, Pílades, quitándole la carta de las manos, la entregó a su amigo exclamando:

—Voy a cumplir inmediatamente el juramento que he presta­do. Toma, Orestes, te entrego la carta que te envía tu hermana Ifigenia.

Orestes, tirando el papel al suelo, cogió en sus brazos a la hermana recuperada. Ella se resistía, no podía creerlo, hasta que algunos relatos de las intimidades más secretas de la historia de los Atridas vinieron a dar fe de que era el que Pílades había dicho.

— ¡Oh amadísimo! —exclamó entonces la doncella—, pues eso eres y no otra cosa, ¡tú, el mío, el único, el hermano! ¡Venido de la amada Argos! ¡Qué niño tierno y delicado eras cuando te dejé, feliz y sin cuidados, en los brazos de tu guardián! Sí, feliz como somos ambos en este instante.

Pero Orestes había vuelto ya a recobrar la calma, y la preocupación nublaba su rostro:

—Cierto que somos felices ahora —dijo—, pero ¿cuánto va a durar nuestra dicha? ¿No nos espera sin remisión el sufrimiento y la muerte?

También Ifigenia se quedó pensativa e inquieta.

—¿Qué idearé? —dijo temblando—, ¿cómo te redimiré del reino de este príncipe bárbaro?, ¿cómo te libraré de la muerte y te enviaré a Argos, para que no hayas de perecer con tu amigo Pílades, herido por el acero en el altar de los sacrificios? Pero rápidamente, antes que el monarca de esta tierra se presente aquí, impaciente por mi tardanza en dar muerte a los prisioneros, cuéntame, hermano, sin callarme nada, los terribles acontecimientos de nuestra desventurada casa.

Con palabra atropellada, Orestes le relató todo lo ocurrido, cerrando la fatídica narración con una buena nueva: la del noviazgo de Electra con su amigo. Mientras él hablaba, la doncella, aun siendo toda oídos, había estado cavilando en su espíritu algún medio para salvar a su hermano querido, y, al fin, había dado con una idea feliz:

—Al fin —dijo—, creo haber encontrado el medio adecuado. Tu arrebato de locura en la playa cuando os hicieron prisioneros, me servirá de pretexto ante el Rey. Le diré, como es la verdad, que viniste de Argos y eres un matricida; por tanto, eres impuro, y como tal no puedes ser una víctima grata a la diosa; es preciso que antes te purifiques de toda huella de sangre lavándote en el agua del mar, pues que todavía lleva tu cuerpo sangre de tu crimen. Y como has tocado la imagen de la diosa en el templo al invocarla como suplicante, también ella debe ser purificada sumergiéndola en las olas del mar. Como yo, la sacerdotisa, soy la única a quien está permitido tocar la sagrada imagen, la coge­ré en brazos y, acompañándoos —pues también a ti, Pílades, diré que te alcanza la impureza como cómplice del hecho, ya que en realidad lo fuiste—, iremos a la orilla, allí donde está anclado . vuestro barco, oculto en una cala. Todo esto hay que hacerlo después de persuadir al Rey, pues es muy listo y no se dejaría engañar. Una vez hayamos llegado a la nave, lo demás corre de vuestra cuenta, amigos míos.

Toda esta conversación entre los dos hermanos y su amigo desarrollóse en el vestíbulo del templo, a distancia de los criados y los guardianes. Luego, los prisioneros fueron entregados de nue­vo a sus vigilantes, e Ifigenia los condujo al interior del santuario. Poco después se presentó Toante, el rey del país, con un nume­roso séquito, preguntando por la sacerdotisa, pues no le gustaba aquella demora y no podía comprender por qué los cuerpos de los extranjeros no llevaban ya mucho tiempo quemando en el altar de la diosa. Al llegar él al templo, salía Ifigenia llevando en brazos la imagen de la divinidad.

—¿Qué significa esto, hija de Agamenón? —exclamó el Rey, asombrado—, ¿por qué sacas del pedestal esa divina estatua?

—Ha ocurrido algo abominable, ¡oh príncipe! —respondió la sacerdotisa con rostro agitado—. Las víctimas que fueron pren­didas en la orilla no son puras; la imagen de la diosa se volvió sola en el pedestal y cerró los párpados cuando ellos se le acer­caron para abrazarla como suplicantes. Debes saber que estos dos hombres han cometido una acción espantosa.

Y a continuación explicó al Rey lo que en el fondo era la verdad, y le pidió autorización para ir a purificar a las víctimas y a la estatua. Con el fin de asegurar la cosa, rogóle que mandase encadenar nuevamente a los prisioneros y cubrir sus cabezas como criminales que eran, al objeto de que no les diese la luz del sol; también solicitó, para su seguridad, algunos de los esclavos que venían en el séquito del Rey, el cual, por otra parte —y era ésta otra treta que había imaginado la astuta muchacha—, enviaría un emisario a la ciudad para ordenar a los habitantes que, hasta que estuviese terminada la ceremonia de la purifica­ción, permaneciesen dentro del recinto de sus muros, para evitar el peligro de contaminarse de su culpa. Durante su ausencia, el Monarca se quedaría en el templo cuidando de la fumigación de todo el edificio, para que, a su regreso, la sacerdotisa lo encon­trase limpio. En cuanto los extranjeros saliesen por la puerta del templo, el Rey se cubriría el rostro con la túnica, no fuera caso que se le comunicase la abominable infección. La sacerdotisa ter­minó sus recomendaciones diciendo: «que aunque le pareciese al Soberano que se prolongaba mucho la permanencia de los tres en la playa, no por ello se inquietase, pues» —dijo— «piensa, señor, en lo horrible y mancillante del delito que se trata de purificar».

El Rey asintió a todo y se cubrió la cabeza cuando, poco más tarde, Pílades y Orestes fueron sacados del templo. No transcurrió mucho tiempo hasta que Ingenia, con los prisioneros y algunos guardas reales, camino de la orilla, hubieron dejado a sus espaldas la mole del templo. Toante, entrando en él, ordenó se procediese a la fumigación solicitada por la sacerdotisa, labor que, dadas las dimensiones del edificio, requería bastante tiempo.

Al cabo de varias horas, llegó de la orilla un mensajero co­rriendo a toda prisa.

— ¡Pérfidas almas femeninas!—exclamó al verse ante la puer­ta cerrada del templo, y, acalorado y jadeante, se puso a llamar a ella—. ¡Hola los de dentro —gritó—, descorred el cerrojo! Comu­nicad al Rey que estoy en la puerta, portador de una mala noticia.

Abriéronse las hojas del portal, y el propio Toante se presentó en su marco.

—¿Quién es —dijo— el que con su ruido viene a turbar la paz de esta divina mansión?

—Escucha, Rey, la embajada que te traigo —respondió el criado— La sacerdotisa del templo, esa mujer griega, ha huido del país junto con los extranjeros y la estatua de nuestra excelsa diosa protectora. La expiación que proyectaba era mentira.

—¿Qué dices? —gritó el Rey, que no daba crédito a sus oídos—. ¿Qué espíritu maligno se ha apoderado de esa mujer? ¿Quién es el hombre con el que ha huido?

—Su hermano Orestes —replicó el emisario—, el mismo al que ella simuló haber consagrado para el sacrificio. Escucha todo lo ocurrido y luego piensa en algún medio para salir en perse­cución de los fugitivos y capturarlos, pues la travesía es larga y tu lanza puede aún darles alcance. Cuando llegamos a la orilla, en el lugar donde se hallaba anclado el barco de Orestes, Ifigenia nos ordenó con un gesto que desatásemos a los extranjeros y nos quedásemos donde estábamos, a distancia de donde iban a efec­tuarse el santo holocausto y demás ceremonias. Ella misma quitó las ligaduras a los forasteros, y, mandándoles que pasasen delante, siguiólos ella. Esto nos infundió algunas sospechas; sin embargo, tus criados pensaron que debían permitirlo. Comenzó entonces la sacerdotisa a cantar fórmulas mágicas y a recitar en una lengua extranjera toda clase de oraciones, con objeto de que pareciese que había dado comienzo a los ritos purificadores. Nosotros nos había­mos apostado y aguardábamos, hasta que se nos ocurrió la idea que los dos prisioneros desatados, podían haber dado muerte a la indefensa mujer y huido. Dirigímonos, en consecuencia, a la cala rocosa que nos privaba de ver a la sacerdotisa y los extranjeros, y, al llegar a la misma orilla, descubrimos una nave griega mecién­dose en la superficie del agua, con cincuenta remeros en sus ban­cos. En la popa, todavía en tierra, estaban los dos extranjeros desatados. Mientras unos levaban el ancla y la colgaban, otros instalaban pasarelas, izaban las cuerdas y bajaban escaleras para los forasteros. Nosotros ya no vacilamos más; dándonos cuenta de toda aquella patraña, prendimos a la mujer, que se encontraba aún en tierra; pero Orestes, pregonando su estirpe y su propósito, salió con Pílades en defensa de su hermana, que nosotros tratábamos de obligar a seguirnos. Como ni los extranjeros ni nosotros llevá­bamos espadas, prodújose una dura lucha a puñetazos, en el curso de la cual los griegos nos obligaron a retirarnos, ya que los arqueros del barco nos acosaban desde lejos con sus flechas. Al mismo tiempo, una enorme ola arrojó el barco a tierra, y poco faltó para que se fuese a pique. Entonces, Orestes, cogiendo en brazos a Ifigenia, que a su vez llevaba la estatua, se echó al agua y subió a la nave por la escalera, depositando en cubierta a su hermana y la imagen sagrada de Artemisa. Detrás de él había saltado Pílades, y cuando ya todos se hallaron a bordo, la tripulación comenzó a remar por las saladas olas. Mientras la nave estu­vo en las aguas tranquilas de la bahía, fue deslizándose suavemente y alejándose, pero, al llegar a alta mar, levantóse un fuerte viento que, a pesar de todos los esfuerzos de los remeros, la volvió a echar a la orilla. Levantándose entonces la hija de Agamenón, púsose a orar en alta voz: «Hija de Leto, virginal Artemisa, tú misma pediste volver a Grecia, lo pediste por boca del oráculo de tu hermano Apolo. Sálvame, pues, ahora que soy tu sacerdotisa, y perdóname el osado engaño que me he permitido con el monarca de este país, a quien por tantos años hube de servir a la fuerza. Tú también tienes un hermano y lo quieres, ¡oh, celeste! ¡Considera con misericordia nuestro fraterno amor!». Todos los marinos se sumaron a esa oración de la doncella, entonando por su orden un pean, mientras, desnudos los brazos, seguían hacien­do fuerza de remos. A pesar de todo, el barco continuaba acercándose a la orilla, y yo he venido corriendo para comunicarte lo sucedido allí. Envía, pues, cuerdas de abordaje a la playa, ya que si el mar embravecido no se calma pronto, no hay esperanza de salvación para los fugitivos. Posidón, el dios del océano, recuerda con ira la destrucción de los muros de Troya, edificados por sus propias manos; según creo, es enemigo de todos los griegos, especialmente de la estirpe de los Atridas. Por eso, si no me engaño del todo, hoy pondrá en tu poder a los hijos de Agamenón.

El Rey, que había escuchado impaciente el fin de aquel largo relato, ordenó que se comunicase inmediatamente a todos los habitantes de las abruptas costas del país la orden de enganchar los caballos y correr a la orilla del mar para apoderarse del barco griego en caso de que las olas lo hubiesen arrojado a tierra, y, con ayuda de la diosa Artemisa, prender a los delincuen­tes fugitivos. La embarcación debía ser hundida con todos los tripulantes, pero los dos extranjeros y la infiel sacerdotisa serían arrojados al mar desde lo alto de las rocas más escarpadas, o bien empalados vivos en puntiagudas estacas.

Ya salía él mismo hacia el mar, al frente de sus hombres, a caballo, cuando, de repente, una celestial aparición detuvo la comitiva, obligando al Rey a pararse, mal de su grado. Era Palas Atenea, la diosa excelsa, cuya gigantesca figura, envuelta en una tenue nube y flotando sobre la tierra, cerraba el camino al Sobe­rano y su séquito, y, con voz que resonó como un trueno sobre las cabezas de los taurios, dijo:

—¿Adonde vas, rey Toante, acalorado y jadeante con tus gentes? Presta oído a las palabras de una diosa: deja en paz a tus tropas, deja que mis protegidos se marchen libremente. El propio Destino llamó aquí a Orestes, por medio del oráculo de Apolo, para que, libre ya de las Erinias, condujese a su hermana a la pa­tria y la sagrada estatua de Artemisa a Atenas, mi amada ciudad, por la cual suspira. También Posidón, cediendo a mi súplica, im­pulsará su nave por una mar tranquila. En Atenas, Orestes depositará la imagen de la Artemisa de Táuride en un nuevo y magní­fico templo, erigido en el centro de un bosque sagrado, e Ingenia será allí su sacerdotisa hasta su muerte; allí tendrá la sepultura que corresponde a su real condición. Tú, Toante, y tú, pueblo de Táuride, dejadlos a su destino y no os enfurezcáis por ello.

El rey Toante era un piadoso adorador de los dioses. Arrojándose al suelo ante la visión, dijo suplicante:

—Oh Palas Atenea, delira el que oye la voz de un dios y no la obedece. Luchar contra las divinidades omnipotentes no da ningún honor. Que tus protegidos, con la imagen de la diosa, vayan adonde deben y entronicen felizmente la estatua en tu reino. Yo inclino mi lanza ante los inmortales. Volvámonos tras las murallas de nuestra ciudad.

Sucedió todo tal como anunciara Atenea. La Artemisa de Táuride recibió su templo en Atenas, e Ingenia quedó en él como sacerdotisa suya. Orestes se estableció en Micenas; fue coronado rey y pasó a ocupar el trono de sus antepasados, al cual incor­poró el de Esparta por su matrimonio con Hermíone, única y hermosa hija de Menelao y Helena. Prometida a Neoptólemo, el hijo de Aquiles, había perdido al novio al perder éste la vida. Orestes había conquistado también el reino de Argos, y así po­seyó un imperio más vasto que el de su padre. Su hermana Electra sentó a su esposo Pílades en el trono de Fócida. Crisótemis murió soltera, y, en cuanto a Orestes, alcanzó la avanzada edad de noventa años. Entonces se manifestó por última vez la vieja maldición que pesaba sobre los Tantálidas: murió de la picadura de una víbora, en el pie.
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